Se me acumulan los despropósitos, que son hijos bastardos de
la procrastinación y los delirios de grandeza. Cuanto palabro para empezar,
toma asiento, deja que siente la cabeza. Que se me cae un lagrimón si te
recuerdo rompiendo los maderos que cubrían las ventanas de un alma agria. Y que
vomito miel si te recuerdo que relleno esta botella con lágrimas todas las
noches, siempre desbordada, al borde de la cama, siempre sin ti, desesperada.
Que me enamoro de mí mismo con mi retórica a cada segundo, pero no va a durar,
lo presiento, no pertenecemos al mismo mundo.
Me siento en deuda con el cosmos por aguantarme a mi y al
humo que espiro. Quiero juntar todas mis miedos y adoptarlos, darles un nombre
y darles amor, porque al fin y al cabo ellos son las incomprendidos. Y regálame
tú una guía donde me expliquen cómo ser feliz, la Michelin la tengo aprendida,
y por más prostíbulos que visito no encuentro mi princesa perdida. Desnudo a la
autocompasión con la mirada, clavarle un puñal por la espalda quisiera, pero no
es fácil pillar desprevenida a esta dama. A tantos mataría por ser ese, que
siente el cariño, o ese, que no siente nada, antes que seguir caminando en el
limbo.
Acabo de empezar a caminar, pero ya me dicen “eres guardia
vieja", como si pudiera descifrar cualquier moraleja. Vivo encantado de
haberme conocido, pero no hables conmigo de mí a mis espaldas, pues en realidad
no somos amigos. Ni me tolero ni me resisto, vivo para ignorar mis constantes
caprichos. No me creas un Pacino, o un De Niro, solo porque oculte mis penas
con actuaciones magistrales, ando perdido y descompuesto como las promesas
sindicales. Tengo una ventana entreabierta que no me deja dormir, no por el
frío, más por el ruido, el de las balas y los casquillos de este sordo abril.
El de los perros callejeros que se mueren de hambre en todas mis esquinas,
mentadme a la madre, cuando en estos días de vacas flacas no comparta con vosotros
mi comida. Ni os la ganasteis ni os la merecéis, me rompe el alma, más me
invade la calma si pienso en ver cómo caéis.
Y no te engañes, que por más que aprietes tus barrotes no
los harás más delgados, si acaso harás las delicias de algún renegado, como
este que te habla. Y los harás conocedores de tus penas, de tus manos heridas,
de los callos de tus palmas que hablan de turbias despedidas. De llantos, de
risas, de finales malos para películas soñadas con poca prisa. De esperanzas
truncadas, de árboles caídos, de amores de cuentos de hadas y de letras de
Sabina. “Ya no hablamos de nada” me dices, craso error, al no fijarte en
los matices. ¿De qué hablan los enamorados? Si más que charla lo suyo es
balbuceo de patos mareados.
Pero ahora sí sin prisa, pasa, no te reto, te invito a mi
casa. Tengo días y días, noches y noches, tardes y tempranos, pesadillas en el
asiento trasero del coche. Y al volante tus dudas y con las marchas, mis
miedos, cuando pienso en ti hasta volverme loco y me digo “va chaval, pisa el
freno”. Pero es muy fácil hablar con el sol en la espalda, cuando no te pesa al
mirar, cuando aún el horizonte se divisa y te invade la calma. ¿Qué si hablo
solo? ¡No, carajo! Hablo con mi conciencia y con todo mi desparpajo, la
convenzo para que crea que esta noche seré suyo, mal rayo me caiga y aniquile
esta inocencia.
Inverno diez mil años y salgo ya cansado, he dormido mal,
y luego me pregunto por qué me gritarán pesado. Que si huelo la libertad la
persigo como un galgo, así me falten las piernas o me pese la conciencia maltrecha,
tu hazme caso y esta noche invítame a algo, y me verás reconvertido en un cero
a la derecha. Conforme pasan los años mejor me lo paso jugando a ser poeta, y por
más que pregunto nadie sabe decirme dónde está mi meta. Rompo el hielo con un
verso pero no pegaría a una mosca, pídeme un beso si te atreves, están de
oferta, ya no me queda más que eso. Eso y un puñado de promesas malentendidas, la
historia de nuestras vidas, levantarte por los tuyos y al volver, encontrarte
la silla cogida.
¿Sabes cuando todo lo que ves y lo que haces se convierte en
poesía? Yo tampoco, ni que fuera Góngora, ya me gustaría. Horado la piedra del
pensamiento y llego hondo, venciendo a la duda vacilante, y créeme que de vez
en cuando suelo encontrar algún diamante. Tal vez no muy grande, tal vez no muy
brillante, pero lo suficiente como para poder seguir otros mil años mirando
hacia delante. Y así sigo, conformándome con todo, sin poder ni querer dormir
en el lodo, el sitio que siempre fue conmigo. Procuro colocar mi ego donde
todos podáis verlo, todavía no me maquillo, pero será cuestión de tiempo el
hacerlo. Aún me sobran las caretas para todas las ocasiones, esta es la de la
sonrisa, esta es la del llanto, solo me falta la de aliviar las tensiones. Soy
retorcido, ando encorvado, no me alegro del bien ajeno, y en este mundo en el
que me sobran tantas cosas, aún no tengo lo que quiero.
Y ahora que tengo entradas VIP para mi ejecución en su misa, deshago
estos nudos de alambre y corro como si me hubieran pedido la Visa, la barrera
del sonido se me queda corta si tras la línea de llegada me espera alguna niña
de bonita sonrisa. ¿Serás tú, será ella…? Ojalá lo supiera, amada mía. Pero si
viajar al futuro pudiera, mi frivolidad me obligaría a mirar primero los
números de la lotería. No me hables de una vida a tu lado, de besos eternos, de
risas de niños, de nichos adosados. Porque lo eterno no existe y lo duradero
suele esconderse, a día de hoy y hasta que el camino se tuerza, solo prometo
amarte sin necesidad de prometerte.
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