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jueves, 15 de marzo de 2012

La cultura esperpéntica


Hay noticias que, por más que las leamos, por más que reparemos en ellas una y otra vez frotándonos los ojos incrédulos, nos siguen pareciendo imposibles, impensables para nosotros. Esto fue lo que me ocurrió cuando leía la noticia del tristemente célebre Imán de Tarrasa. Para quien no lo sepa, esta “persona” se ha hecho bastante famosa en nuestro país en los últimos días. Y no, sorprendentemente no ha alcanzado la fama por el método tradicional español “me lío con algún personaje, lo cuento en Tele Circo y acabo de tertuliano”. Han sido sus discursos, repletos de “sabiduría” y “buenos consejos” los que lo han aupado a la popularidad nacional. Volviendo a la noticia, no es que tuviera que volver a revisarla porque no sepa leer, las cartillas Rubio las dejé hace tiempo. Tampoco se trata de una falta de entendimiento, pues el titular ya por sí solo lo dice todo: “Un Imán de Tarrasa, acusado de avivar la violencia contra la mujer”. Mi confusión venía dada por la duda, normal, ante la posibilidad de que aquella barbaridad fuera cierta.

Al priorizarse con normalidad en este país las noticias destinadas a entretener y a atontar, que no ya a informar (hace unos días, la duquesa de Alba salía en el telediario por no se qué gilipollez, muy duro para un periodista novel con principios) probablemente no sepan de lo que hablo. Pues bien, resulta que los Mossos de Escuadra acusaron el pasado día 6 un Imán de la localidad catalana de Tarrasa. Entiéndase por Imán el cargo religioso musulmán (hubiera estado gracioso ir a detenerlo y encontrarlo pegado a la nevera). En su contra, denunciaban que este iluminado instruía en sus charlas religiosas a los hombres acerca de cómo agredir a sus mujeres en pos de corregir conductas impropias. Además de esto, los alentaba a poner en práctica sus métodos, entre los que también encontramos el aislamiento en los domicilios y la negación de las relaciones sexuales, para tener a raya a las damas. Qué genio, este sí que sabe de mujeres, y no Julio Iglesias.

Y aquí es donde nace mi duda: ¿Realmente tomaban los propios musulmanes que asistían a sus charlas estos consejos como válidos, útiles y, ante todo, moralmente éticos y correctos? Y es que si el Imán fue detenido, fue por la investigación llevada a cabo por las fuerzas del orden catalanas, que no por cualquier denuncia externa, y mucho menos cercana a esta trama. ¿Significa entonces que, al margen de su religión o su cultura, una persona humana puede concebir el castigo físico contra otra para que obedezca sus mandatos, como algo completamente normal? Y esto no queda aquí, pues no es el primer signo de radicalismo demostrado por ciertos individuos de la comunidad islamista dentro de nuestras fronteras.

De manera similar a este caso, allá por 2004, un Imán de Fuengirola fue condenado a un año de cárcel por la misma cuestión. Creo necesario en este momento resaltar un fragmento de su discurso, para que entiendan hasta qué punto es grave este asunto: “Los golpes se han de administrar a unas partes concretas del cuerpo como los pies y las manos, debiendo utilizarse una vara no demasiado gruesa, es decir, ha de ser fina y ligera para que no deje cicatrices o hematomas en el cuerpo. Los golpes no han de ser fuertes y duros, porque la finalidad es hacer sufrir psicológicamente y no humillar y maltratar físicamente”. Primero, es de resaltar la infinita cobardía que estas palabras demuestran, pues pretenden aplicar el castigo, pero ocultándolo. Tirar la piedra y esconder la mano, vaya. Además, es especialmente inquietante la última frase, en la que resalta la necesidad de dañar a la mujer psicológicamente.

Esto demuestra lo cruel de sus enseñanzas, que no solo busca un castigo físico, que en primera instancia puede no dañar a algunas mujeres de fuerte convencimiento, si no que también pretende derrotar y lapidar sus sentimientos. Vaya dedicado a todas ellas este artículo. Para que no se rindan, para que denuncien, luchen y venzan a las esperpénticas doctrinas que ciertos monstruos, escudados en retrógradas convicciones, religiosas o culturales, pretenden venderles como correctas. Ponerle la mano encima a una persona, ya sea niño, mujer u hombre, jamás debería aceptarse a modo de argumento. Hay algunos, como estos dos sujetos arcaicos, que aún entienden el mundo como su particular reino del terror. Y díganme, ¿acaso no es nuestra obligación luchar contra algo así?






sábado, 10 de marzo de 2012

Juegos de niños

Vivimos en un mundo de cambio constante. Pero ojo, que el cambio no es siempre algo positivo, esto es, que en lugar de una evolución, podemos encontrar aspectos sociales de clara involución. Alguien dijo una vez que “el mundo al progresar, se destruye a sí mismo”, y quizá se trate de una sentencia demasiado alarmante pero, viendo ciertas cosas, ¿cómo no llegar a tomarla en serio? Pero vayamos al grano, que me pongo catastrofista antes de tiempo, y hasta diciembre no se acaba el mundo.

Uno de las lacras sociales más de moda hoy en día, muy a mi pesar, es el conocido como bullying, o, hablando sin anglicismos, el tan criticado y sin embargo preocupantemente extendido acoso escolar. Ese castigo inmerecido que puede acompañar a cualquier niño desde su más temprana edad, hasta bien entrada su hipotética madurez. Bien verbal, o bien físicamente, el objetivo es ridiculizar a la víctima, denigrarla hasta el punto de que hasta ella misma considere si se merece lo que le está ocurriendo. Un acto de intimidación insensible que ya no solo física, sino psicológicamente, somete a la criatura, y de la que es copartícipe todo aquel que, aún no tomando parte de forma activa, se muestra indiferente hacia la misma. Un caso grave, ciertamente.

Pero esta crítica contra la crueldad infantil no surge de mi cabeza de un día para otro. No ha hecho falta que venga algún bigardo trastornado a cruzarme la cara para que a mi se me ocurra denunciarlo en el papel. Y no ha hecho falta, porque Internet, ese maravilloso mundo de luces y colores del que casi todos ahora somos habitantes, posee la virtud y a la vez el defecto de tener su puerta abierta y sin candado para todo el que quiera adentrarse en él. Y así ocurre que el bullying, aprovechando la capacidad comunicativa de la monstruosa red global, se ha hecho fuerte aquí en los últimos años, donde la justicia parecía no poder alcanzarlo. Los portales para la exposición de vídeos o las celebérrimas redes sociales son hoy el territorio de caza perfecto (veda abierta 365 días al año) para todo tipo de matones descerebrados, que se jactan de la fuerza de sus puños (frente a sus graves trastornos emocionales) o que se entretienen minando la moral de sus compañeros, por pura diversión.

Seamos realistas, el acoso escolar, en mayor o menor medida, lleva existiendo desde hace mucho, más allá de las generaciones presentes, y más allá de las de muchos de nosotros. El problema actual es, como ya he dicho, la inmensa capacidad de divulgación que todo acosador tiene en sus manos hoy en día. Los vídeos en los que pueden observarse claras agresiones son los nuevos “trofeos de caza”, que en lugar de colgarse en la pared, son colgados en YouTube. Y en las redes sociales, un mundo inmenso donde (para mi sorpresa) se adentran niños cada vez más pequeños, una foto retocada en pos de mofarse de algún compañero puede dar lugar a que él o ella acabe separado del resto, aislado por la inseguridad que producen las risas ajenas (hablo, obviamente, de las crueles y despectivas).

Y así, navegando por la red, llegó a mis manos uno de esos vídeos que jamás hubiera deseado ver, pues ya empezando por su título (traducido al español: “Impotente chico asiático atacado y arrastrado por otros siete detrás del colegio”) no invitaba a su visualización. Y puedo decir, una vez reprimidas la impotencia y las nauseas, que la crueldad demostrada en el vídeo por 7 chicos encapuchados en una callejuela de Chicago, invita como poco a pararse a pensar en qué está convirtiéndose este mundo, si los casos como este afloran con frecuencia.

Ya desde el primer minuto, la representación comienza con el chico asiático en el suelo hecho un ovillo, rodeado por los otros siete, mientras un aluvión de patadas e insultos llueve sobre su cuerpo desprotegido. La frase más utilizada por los agresores es “Fuck his ass!” (en inglés informal, algo así como “¡Reviéntalo!”), mientras que la víctima, apenas si puede pedir clemencia en un pobre inglés “please, no more” (basta, por favor). El niño no trata de defenderse en ningún momento, la superioridad numérica y física es abrumadora, tan solo espera protegiéndose que pase la tormenta. Apaleado, arrastrado y zarandeado, el pobre chico acierta a ponerse de pie, y dirige sus súplicas hacia el que parece ser el cabecilla del grupo, que solo le contesta con más puñetazos. El vídeo termina con un intento de escapada del agredido, que se pierde al final de la calle, con siete perros de presa pisándole los talones, aún ávidos de sangre. Observando con detenimiento este documento, podemos observar cada uno de los golpes de los agresores y, ante todo, la impunidad y la insensibilidad con la que los asestan. Como poseídos por algún mal demonio, los niños (que, aún siendo adolescentes, no dejan de serlo) dan rienda suelta a su ira contra un blanco que, o mucho me equivoco, o no ha hecho nada para merecer semejante tormento. Otro niño como ellos que, por cierta circunstancia que desconocemos, le ha tocado estar en el bando de los débiles.

Y así, tal y como he comenzado la columna, la acabo, recordando que vivimos en un mundo de cambio constante, y del mismo modo aclarando que está en nuestra mano evolucionar o involucionar, dando a los retoños una noción clara del respeto hacia los demás y la educación para con sus compañeros, además de una instrucción sana de la responsabilidad que supone involucrarse en el universo de Internet y las redes sociales, un tema tratado a menudo como poco menos que un juego por los pequeños de la casa. Tratemos de hacerlo, solo por el “simple” motivo de no tener que ver a nuestros hijos en una tesitura semejante, en un futuro no muy lejano. Y es que el bullying de por sí es un grave aprieto, pero unido a la desinformación de los niños y la inmensidad de las redes, pasa a ser un monstruoso problema.