Hay noticias que, por más que las leamos, por más que reparemos en
ellas una y otra vez frotándonos los ojos incrédulos, nos siguen pareciendo
imposibles, impensables para nosotros. Esto fue lo que me ocurrió cuando leía
la noticia del tristemente célebre Imán de Tarrasa. Para quien no lo sepa, esta
“persona” se ha hecho bastante famosa en nuestro país en los últimos días. Y
no, sorprendentemente no ha alcanzado la fama por el método tradicional español
“me lío con algún personaje, lo cuento en Tele Circo y acabo de tertuliano”.
Han sido sus discursos, repletos de “sabiduría” y “buenos consejos” los que lo
han aupado a la popularidad nacional. Volviendo a la noticia, no es que tuviera
que volver a revisarla porque no sepa leer, las cartillas Rubio las dejé hace
tiempo. Tampoco se trata de una falta de entendimiento, pues el titular ya por
sí solo lo dice todo: “Un Imán de Tarrasa, acusado de avivar la violencia
contra la mujer”. Mi confusión venía dada por la duda, normal, ante la posibilidad
de que aquella barbaridad fuera cierta.
Al priorizarse con normalidad en este país las noticias destinadas
a entretener y a atontar, que no ya a informar (hace unos días, la duquesa de
Alba salía en el telediario por no se qué gilipollez, muy duro para un
periodista novel con principios) probablemente no sepan de lo que hablo. Pues
bien, resulta que los Mossos de Escuadra acusaron el pasado día 6 un Imán de la
localidad catalana de Tarrasa. Entiéndase por Imán el cargo religioso musulmán
(hubiera estado gracioso ir a detenerlo y encontrarlo pegado a la nevera). En
su contra, denunciaban que este iluminado instruía en sus charlas religiosas a
los hombres acerca de cómo agredir a sus mujeres en pos de corregir conductas
impropias. Además de esto, los alentaba a poner en práctica sus métodos, entre
los que también encontramos el aislamiento en los domicilios y la negación de
las relaciones sexuales, para tener a raya a las damas. Qué genio, este sí que
sabe de mujeres, y no Julio Iglesias.
Y aquí es donde nace mi duda: ¿Realmente tomaban los propios
musulmanes que asistían a sus charlas estos consejos como válidos, útiles y,
ante todo, moralmente éticos y correctos? Y es que si el Imán fue detenido, fue
por la investigación llevada a cabo por las fuerzas del orden catalanas, que no
por cualquier denuncia externa, y mucho menos cercana a esta trama. ¿Significa
entonces que, al margen de su religión o su cultura, una persona humana puede
concebir el castigo físico contra otra para que obedezca sus mandatos, como
algo completamente normal? Y esto no queda aquí, pues no es el primer signo de radicalismo
demostrado por ciertos individuos de la comunidad islamista dentro de nuestras
fronteras.
De manera similar a este caso, allá por 2004, un Imán de Fuengirola
fue condenado a un año de cárcel por la misma cuestión. Creo necesario en este
momento resaltar un fragmento de su discurso, para que entiendan hasta qué
punto es grave este asunto: “Los golpes se han de administrar a unas partes concretas
del cuerpo como los pies y las manos, debiendo utilizarse una vara no demasiado
gruesa, es decir, ha de ser fina y ligera para que no deje cicatrices o
hematomas en el cuerpo. Los golpes no han de ser fuertes y duros, porque la
finalidad es hacer sufrir psicológicamente y no humillar y maltratar
físicamente”. Primero, es de resaltar la infinita cobardía que estas palabras
demuestran, pues pretenden aplicar el castigo, pero ocultándolo. Tirar la
piedra y esconder la mano, vaya. Además, es especialmente inquietante la última
frase, en la que resalta la necesidad de dañar a la mujer psicológicamente.
Esto demuestra lo cruel
de sus enseñanzas, que no solo busca un castigo físico, que en primera
instancia puede no dañar a algunas mujeres de fuerte convencimiento, si no que
también pretende derrotar y lapidar sus sentimientos. Vaya dedicado a todas
ellas este artículo. Para que no se rindan, para que denuncien, luchen y venzan
a las esperpénticas doctrinas que ciertos monstruos, escudados en retrógradas
convicciones, religiosas o culturales, pretenden venderles como correctas.
Ponerle la mano encima a una persona, ya sea niño, mujer u hombre, jamás
debería aceptarse a modo de argumento. Hay algunos, como estos dos sujetos
arcaicos, que aún entienden el mundo como su particular reino del terror. Y
díganme, ¿acaso no es nuestra obligación luchar contra algo así?
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