Una
de las principales ocupaciones del Ministerio del Interior español es “la
promoción de las condiciones para el ejercicio de los derechos fundamentales,
especialmente en relación con la libertad y seguridad personal, en los términos
establecidos en la Constitución Española y en las leyes que los desarrollen.”
(Wikipedia). Jorge Fernández Díaz, actual titular de dicho ministerio, decía
esto el pasado 27 de febrero: "Si nos oponemos al matrimonio entre
personas del mismo sexo, no podemos usar argumentos confesionales. Existen
argumentos racionales que dicen que ese matrimonios no debe tener la misma
protección por parte de los poderes públicos que el matrimonio natural. La
pervivencia de la especie, por ejemplo, no estaría garantizada".
Bienvenidos al circo, bienvenidos a España.
Hay
pocas cosas más españoles que se nos caliente la boca cuando estamos con los
amigotes, y al señor Díaz le agarró en un coloquio sobre Religión y Espacio
Público celebrado en la Embajada de España en Roma. El público estaba caliente,
le estaba pidiendo un bis y nuestro ilustre ministro les dijo lo que querían
oír: Una mujer con una mujer, caca. Un hombre con un hombre, peor. Y con esta
sentencia directa al corazón de los derechos del colectivo homosexual,
Fernández Díaz solo demuestra servir de perfecto ejemplo para representar a
este gobierno rancio y reaccionario que nos toca sufrir. Habría que preguntarle
tal vez si hacerse cura o monja hace más por nuestra especie. O tal vez si los
casos reconocidos de pederastia eclesiástica son más correctos éticamente que
el matrimonio gay.
En
cualquier caso, no deberíamos sorprendernos con unas declaraciones de tal
calibre. Jorge Fernández Díaz es miembro supernumerario del Opus Dei, y se ha
desmarcado en un estado ‘aconfesional’ como en teoría es el nuestro con frases
tales como: “la política es un magnífico campo para el apostolado” o “Dios es
el gran legislador del universo”. Son solo algunas de las ‘perlas’ de uno de
los hombres fuertes del gobierno del Partido Popular. Las determinadas
creencias religiosas de cada persona van con ella y con nadie más, y
probablemente haya pocas cosas más personales que estas, no seré yo quien venga
a impugnarlas. No obstante, es a mi parecer más incompatible un ministro del
Opus en un estado aconfesional, que el amor entre dos personas del mismo sexo.
Pero
si realmente me divierten este tipo de declaraciones es por ver convertidos a
estos ilustres personajes en caballeros defensores de la correcta manera en la
que la naturaleza dispone las cosas. En este caso, el señor Díaz cobra un
‘sueldazo’ a la altura de su dios creador –Sueldo base anual (bruto) 68.981,88
euros, cobrando incluso dietas de alojamiento pese a vivir en la propia sede
del Ministerio- mientras los EREs y desahucios están a la orden del día en este
país, pero prefiere anteponer la unión entre dos hombres como motivo de no
pervivencia de la especie. Y les sorprenderá (o no) que nuestro presidente, Mariano
Rajoy, cuestionara hace años el cambio climático, afirmando que no podría
convertirse en un “gran problema mundial”, aunque parece que la unión entre dos
mujeres sí resulta una gravísima amenaza. ¿Pretenden que sus discursos suenen
justos y sinceros? Sus palabras nacen de la intolerancia y el miedo, y su
hipocresía evidencia que hacen poco por el orden natural de las cosas, ese que
tanto pretenden defender.
En
definitiva: Sí, señores, un hombre con otro hombre, como es obvio, no puede
engendrar a un hijo, y lo mismo pasa a la inversa. Pero por encima de la
cuestión reproductiva que al fin y al cabo no deja de ser una elección de los
individuos involucrados en el proceso, está la del derecho de cada uno de
elegir que hacer con su vida, y en este caso, con su sexualidad. Y me viene a
la mente la frase que un amigo mío tanto utiliza: “Si somos 7 mil millones de
humanos, ¿temen estos reaccionarios que todos nos volvamos homosexuales de
repente?” En efecto señor Díaz, sólo así se cumpliría su terrible pesadilla de
ver a la especie humana abocada a una inevitable extinción, cuando en el ocaso
de los días del homo sapiens ninguno de nosotros querría más amor que el que
otra persona de nuestro mismo sexo pudiera aportarnos. Negándonos en rotundo a
aparearnos entre sexos aún sabiendo que eso supone nuestro fin. Y así 7 mil
millones de veces. ¿De verdad lo creen posible?