Vivimos en un mundo de cambio constante. Pero ojo,
que el cambio no es siempre algo positivo, esto es, que en lugar de una
evolución, podemos encontrar aspectos sociales de clara involución. Alguien
dijo una vez que “el mundo al progresar, se destruye a sí mismo”, y quizá se
trate de una sentencia demasiado alarmante pero, viendo ciertas cosas, ¿cómo no
llegar a tomarla en serio? Pero vayamos al grano, que me pongo catastrofista
antes de tiempo, y hasta diciembre no se acaba el mundo.
Uno de las lacras sociales más de moda hoy en día,
muy a mi pesar, es el conocido como bullying,
o, hablando sin anglicismos, el tan criticado y sin embargo preocupantemente
extendido acoso escolar. Ese castigo
inmerecido que puede acompañar a cualquier niño desde su más temprana edad,
hasta bien entrada su hipotética madurez. Bien verbal, o bien físicamente, el
objetivo es ridiculizar a la víctima, denigrarla hasta el punto de que hasta
ella misma considere si se merece lo que le está ocurriendo. Un acto de
intimidación insensible que ya no solo física, sino psicológicamente, somete a
la criatura, y de la que es copartícipe todo aquel que, aún no tomando parte de
forma activa, se muestra indiferente hacia la misma. Un caso grave,
ciertamente.
Pero esta crítica contra la crueldad infantil no
surge de mi cabeza de un día para otro. No ha hecho falta que venga algún
bigardo trastornado a cruzarme la cara para que a mi se me ocurra denunciarlo
en el papel. Y no ha hecho falta, porque Internet, ese maravilloso mundo de luces
y colores del que casi todos ahora somos habitantes, posee la virtud y a la vez
el defecto de tener su puerta abierta y sin candado para todo el que quiera
adentrarse en él. Y así ocurre que el bullying, aprovechando la capacidad
comunicativa de la monstruosa red global, se ha hecho fuerte aquí en los
últimos años, donde la justicia parecía no poder alcanzarlo. Los portales para
la exposición de vídeos o las celebérrimas redes sociales son hoy el territorio
de caza perfecto (veda abierta 365 días al año) para todo tipo de matones
descerebrados, que se jactan de la fuerza de sus puños (frente a sus graves
trastornos emocionales) o que se entretienen minando la moral de sus
compañeros, por pura diversión.
Seamos realistas, el acoso escolar, en mayor o menor
medida, lleva existiendo desde hace mucho, más allá de las generaciones
presentes, y más allá de las de muchos de nosotros. El problema actual es, como
ya he dicho, la inmensa capacidad de divulgación que todo acosador tiene en sus
manos hoy en día. Los vídeos en los que pueden observarse claras agresiones son
los nuevos “trofeos de caza”, que en lugar de colgarse en la pared, son
colgados en YouTube. Y en las redes sociales, un mundo inmenso donde (para mi
sorpresa) se adentran niños cada vez más pequeños, una foto retocada en pos de
mofarse de algún compañero puede dar lugar a que él o ella acabe separado del
resto, aislado por la inseguridad que producen las risas ajenas (hablo,
obviamente, de las crueles y despectivas).
Y así, navegando por la red, llegó a mis manos uno de
esos vídeos que jamás hubiera deseado ver, pues ya empezando por su título
(traducido al español: “Impotente chico asiático atacado y arrastrado por otros
siete detrás del colegio”) no invitaba a su visualización. Y puedo decir, una
vez reprimidas la impotencia y las nauseas, que la crueldad demostrada en el
vídeo por 7 chicos encapuchados en una callejuela de Chicago, invita como poco
a pararse a pensar en qué está convirtiéndose este mundo, si los casos como
este afloran con frecuencia.
Ya desde el primer minuto, la representación comienza
con el chico asiático en el suelo hecho un ovillo, rodeado por los otros siete,
mientras un aluvión de patadas e insultos llueve sobre su cuerpo desprotegido.
La frase más utilizada por los agresores es “Fuck his ass!” (en inglés
informal, algo así como “¡Reviéntalo!”), mientras que la víctima, apenas si
puede pedir clemencia en un pobre inglés “please, no more” (basta, por favor).
El niño no trata de defenderse en ningún momento, la superioridad numérica y
física es abrumadora, tan solo espera protegiéndose que pase la tormenta.
Apaleado, arrastrado y zarandeado, el pobre chico acierta a ponerse de pie, y
dirige sus súplicas hacia el que parece ser el cabecilla del grupo, que solo le
contesta con más puñetazos. El vídeo termina con un intento de escapada del
agredido, que se pierde al final de la calle, con siete perros de presa
pisándole los talones, aún ávidos de sangre. Observando con detenimiento este
documento, podemos observar cada uno de los golpes de los agresores y, ante
todo, la impunidad y la insensibilidad con la que los asestan. Como poseídos
por algún mal demonio, los niños (que, aún siendo adolescentes, no dejan de
serlo) dan rienda suelta a su ira contra un blanco que, o mucho me equivoco, o
no ha hecho nada para merecer semejante tormento. Otro niño como ellos que, por
cierta circunstancia que desconocemos, le ha tocado estar en el bando de los
débiles.
Y así, tal y como he comenzado la columna, la acabo,
recordando que vivimos en un mundo de cambio constante, y del mismo modo
aclarando que está en nuestra mano evolucionar o involucionar, dando a los
retoños una noción clara del respeto hacia los demás y la educación para con
sus compañeros, además de una instrucción sana de la responsabilidad que supone
involucrarse en el universo de Internet y las redes sociales, un tema tratado a
menudo como poco menos que un juego por los pequeños de la casa. Tratemos de
hacerlo, solo por el “simple” motivo de no tener que ver a nuestros hijos en
una tesitura semejante, en un futuro no muy lejano. Y es que el bullying de por
sí es un grave aprieto, pero unido a la desinformación de los niños y la
inmensidad de las redes, pasa a ser un monstruoso problema.
Comparto el interés por la reflexión crítica que inspira el estreno de tu blog (en su margen superior derecho). Comparto también el análisis que haces del acoso escolar y, particularmente, la última frase de esta primera entrada. Enhorabuena por ambas cosas.
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