sábado, 10 de marzo de 2012

Juegos de niños

Vivimos en un mundo de cambio constante. Pero ojo, que el cambio no es siempre algo positivo, esto es, que en lugar de una evolución, podemos encontrar aspectos sociales de clara involución. Alguien dijo una vez que “el mundo al progresar, se destruye a sí mismo”, y quizá se trate de una sentencia demasiado alarmante pero, viendo ciertas cosas, ¿cómo no llegar a tomarla en serio? Pero vayamos al grano, que me pongo catastrofista antes de tiempo, y hasta diciembre no se acaba el mundo.

Uno de las lacras sociales más de moda hoy en día, muy a mi pesar, es el conocido como bullying, o, hablando sin anglicismos, el tan criticado y sin embargo preocupantemente extendido acoso escolar. Ese castigo inmerecido que puede acompañar a cualquier niño desde su más temprana edad, hasta bien entrada su hipotética madurez. Bien verbal, o bien físicamente, el objetivo es ridiculizar a la víctima, denigrarla hasta el punto de que hasta ella misma considere si se merece lo que le está ocurriendo. Un acto de intimidación insensible que ya no solo física, sino psicológicamente, somete a la criatura, y de la que es copartícipe todo aquel que, aún no tomando parte de forma activa, se muestra indiferente hacia la misma. Un caso grave, ciertamente.

Pero esta crítica contra la crueldad infantil no surge de mi cabeza de un día para otro. No ha hecho falta que venga algún bigardo trastornado a cruzarme la cara para que a mi se me ocurra denunciarlo en el papel. Y no ha hecho falta, porque Internet, ese maravilloso mundo de luces y colores del que casi todos ahora somos habitantes, posee la virtud y a la vez el defecto de tener su puerta abierta y sin candado para todo el que quiera adentrarse en él. Y así ocurre que el bullying, aprovechando la capacidad comunicativa de la monstruosa red global, se ha hecho fuerte aquí en los últimos años, donde la justicia parecía no poder alcanzarlo. Los portales para la exposición de vídeos o las celebérrimas redes sociales son hoy el territorio de caza perfecto (veda abierta 365 días al año) para todo tipo de matones descerebrados, que se jactan de la fuerza de sus puños (frente a sus graves trastornos emocionales) o que se entretienen minando la moral de sus compañeros, por pura diversión.

Seamos realistas, el acoso escolar, en mayor o menor medida, lleva existiendo desde hace mucho, más allá de las generaciones presentes, y más allá de las de muchos de nosotros. El problema actual es, como ya he dicho, la inmensa capacidad de divulgación que todo acosador tiene en sus manos hoy en día. Los vídeos en los que pueden observarse claras agresiones son los nuevos “trofeos de caza”, que en lugar de colgarse en la pared, son colgados en YouTube. Y en las redes sociales, un mundo inmenso donde (para mi sorpresa) se adentran niños cada vez más pequeños, una foto retocada en pos de mofarse de algún compañero puede dar lugar a que él o ella acabe separado del resto, aislado por la inseguridad que producen las risas ajenas (hablo, obviamente, de las crueles y despectivas).

Y así, navegando por la red, llegó a mis manos uno de esos vídeos que jamás hubiera deseado ver, pues ya empezando por su título (traducido al español: “Impotente chico asiático atacado y arrastrado por otros siete detrás del colegio”) no invitaba a su visualización. Y puedo decir, una vez reprimidas la impotencia y las nauseas, que la crueldad demostrada en el vídeo por 7 chicos encapuchados en una callejuela de Chicago, invita como poco a pararse a pensar en qué está convirtiéndose este mundo, si los casos como este afloran con frecuencia.

Ya desde el primer minuto, la representación comienza con el chico asiático en el suelo hecho un ovillo, rodeado por los otros siete, mientras un aluvión de patadas e insultos llueve sobre su cuerpo desprotegido. La frase más utilizada por los agresores es “Fuck his ass!” (en inglés informal, algo así como “¡Reviéntalo!”), mientras que la víctima, apenas si puede pedir clemencia en un pobre inglés “please, no more” (basta, por favor). El niño no trata de defenderse en ningún momento, la superioridad numérica y física es abrumadora, tan solo espera protegiéndose que pase la tormenta. Apaleado, arrastrado y zarandeado, el pobre chico acierta a ponerse de pie, y dirige sus súplicas hacia el que parece ser el cabecilla del grupo, que solo le contesta con más puñetazos. El vídeo termina con un intento de escapada del agredido, que se pierde al final de la calle, con siete perros de presa pisándole los talones, aún ávidos de sangre. Observando con detenimiento este documento, podemos observar cada uno de los golpes de los agresores y, ante todo, la impunidad y la insensibilidad con la que los asestan. Como poseídos por algún mal demonio, los niños (que, aún siendo adolescentes, no dejan de serlo) dan rienda suelta a su ira contra un blanco que, o mucho me equivoco, o no ha hecho nada para merecer semejante tormento. Otro niño como ellos que, por cierta circunstancia que desconocemos, le ha tocado estar en el bando de los débiles.

Y así, tal y como he comenzado la columna, la acabo, recordando que vivimos en un mundo de cambio constante, y del mismo modo aclarando que está en nuestra mano evolucionar o involucionar, dando a los retoños una noción clara del respeto hacia los demás y la educación para con sus compañeros, además de una instrucción sana de la responsabilidad que supone involucrarse en el universo de Internet y las redes sociales, un tema tratado a menudo como poco menos que un juego por los pequeños de la casa. Tratemos de hacerlo, solo por el “simple” motivo de no tener que ver a nuestros hijos en una tesitura semejante, en un futuro no muy lejano. Y es que el bullying de por sí es un grave aprieto, pero unido a la desinformación de los niños y la inmensidad de las redes, pasa a ser un monstruoso problema.




1 comentario:

  1. Comparto el interés por la reflexión crítica que inspira el estreno de tu blog (en su margen superior derecho). Comparto también el análisis que haces del acoso escolar y, particularmente, la última frase de esta primera entrada. Enhorabuena por ambas cosas.

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